El Índice de Precios al Consumo que publica el INE cada mes es un promedio ponderado de relevamientos en todo el país, con una canasta que refleja principalmente los patrones de consumo de Montevideo. Pero en Rivera, esa canasta choca con una realidad que ningún promedio nacional puede capturar del todo: la presencia inmediata de Santana do Livramento, al otro lado de la línea fronteriza, donde los precios en reales brasileños compiten directamente con los precios en pesos uruguayos.

Durante el cuarto trimestre de 2024, cuando el real se depreció cerca de un 12% frente al dólar, los comerciantes de Rivera reportaron una caída notable en las ventas de electrodomésticos, ropa y alimentos procesados. Los consumidores cruzaban la frontera para comprar lo que en Uruguay resultaba significativamente más caro al tipo de cambio vigente. Esa fuga de consumo presiona a los comercios locales a moderar sus precios o absorber márgenes, un mecanismo que no existe en Montevideo ni en ninguna otra ciudad uruguaya con la misma intensidad.

Al mismo tiempo, ciertos rubros de la canasta básica — alquileres, tarifas de servicios públicos, transporte urbano — están fijados en pesos y responden al ciclo inflacionario nacional sin ajuste fronterizo. El resultado es una inflación en Rivera que en algunos meses diverge del IPC nacional en más de dos puntos porcentuales, aunque esa brecha raramente aparece desagregada en los informes oficiales.

Lo que este análisis muestra es que hablar de «la inflación en Uruguay» sin distinguir entre regiones es una simplificación que puede llevar a políticas públicas mal calibradas. Un ajuste de tarifas diseñado para el poder adquisitivo de Montevideo puede resultar desproporcionado para una familia de Rivera que ya está absorbiendo variaciones del tipo de cambio vecino. Los datos existen — hace falta voluntad metodológica para usarlos con más granularidad.